Volví a leer el mensaje fijado arriba del chat como si fuera una estampita contra la ansiedad: “Podría haber otra cosa. Te aviso. No vayas sola.” Era de Tomás. En el sistema de gestión, la solicitud seguía con el mismo sello tibio: en análisis. Una semana entera aguardando una sola palabra —reapertura— puede estirarse como chicle en la boca del hospital.
Abrí la carpeta encriptada. Las cuatro fotos seguían donde las dejé, quietas, pero con ese brillo de cosas que, si las miras mucho, empiezan a