El regreso a casa fue silencioso.
No hubo celebraciones, ni brindis, ni palabras de alivio. Solo miradas que evitaban la suya, como si todos supieran que, aunque había salvado vidas, había algo en Isabella que ya no podía salvarse a sí misma.
En la mansión, todo estaba en su lugar, como si el mundo no hubiera ardido mientras ella estaba en Sicilia. Pero Isabella lo sentía. Cada rincón tenía un eco distinto. Más agudo. Más lejano.
Dante la esperaba en la habitación. De pie. Sin moverse.
—¿Lo log