La ciudad seguía durmiendo bajo su propio veneno.
Los callejones oscuros, las luces tenues, el eco de sirenas lejanas: todo parecía normal. Pero bajo la superficie, el juego había comenzado.
Y ya había sangre en el tablero.
Francesca conducía por una ruta alterna, con las ventanas oscuras y los vidrios antibalas sellados. En el asiento trasero, Elías repasaba los expedientes filtrados por los contactos de Isabella: movimientos bancarios, empresas fantasma, rutas de escape. Todos conducían