El viento en Sicilia era distinto.
Más pesado. Más denso. Como si la isla supiera que lo que se jugaba en sus tierras no era una simple operación, sino una deuda de sangre. Isabella lo sintió apenas bajó del helicóptero encubierto. Sus botas pisaron suelo firme con decisión. Francesca ya estaba allí. Armó la operación en cuarenta y ocho horas, silenciosa como una sombra entrenada.
—La casa está en la costa, cerca del faro abandonado —informó—. Tienen a la hermana de Giulia y a sus sobrinos en e