Mis dedos se movían mecánicamente, doblando ropa, sin pensar, como si aquel acto pudiera distraerme del peso en mi pecho. Cada movimiento era un intento inútil de llenar el vacío que la celda había dejado en mi alma.
De pronto, sentí un movimiento a mi lado. Levanté la vista y allí estaba ella. La Gata. La presa que todos temían en el penal. Su presencia era como un golpe directo al estómago, un recordatorio de que incluso aquí podía encontrarse alguien capaz de leerme como un libro abierto.
—S