No sabía cuánto tiempo llevaba sentada allí, en la sala de espera del hospital.
El reloj de la pared marcaba las tres y veinte de la tarde, pero para mí el tiempo no existía.
Solo el sonido del aire acondicionado, el murmullo de los pasillos y mi propio corazón golpeando como un tambor dentro del pecho.
Tenía los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
No había comido nada en todo el día.
De hecho, ni siquiera recordaba haber bebido agua.
Mi estómago estaba vacío, y no por falt