Habían pasado apenas unas horas desde que regresé a casa. La guardia en el hospital había sido larga, una de esas que te drenan hasta el alma. Pero, finalmente, había terminado.
Me quité la bata blanca y la dejé caer sobre la cama. El silencio del apartamento me envolvió, solo interrumpido por el golpeteo del reloj en la pared. Caminé hasta el armario y empecé a guardar todas las cosas que me recordaban a Manuel. No quería nada de él. Ni una camisa, ni un perfume, ni una carta.
—Basta —susurré