No pude dormir. Pasé la noche dando vueltas en la cama, escuchando el silencio de la casa como si fuera un recordatorio de que todo estaba a punto de estallar. Desde temprano escuché a Daniel moviéndose por los pasillos, hablando por teléfono, dando órdenes, saliendo y entrando como si el tiempo lo persiguiera.
Cuando apareció en la puerta, ya estaba vestido con una camisa negra perfectamente planchada y el ceño fruncido.
—Voy a resolver unas cosas antes de la gala —dijo sin rodeos—. Llegaré a tiempo. Te lo prometo.
Lo miré desde la cama, con el cabello desordenado y los ojos cansados.
—Ojalá cumplas —respondí, sin ganas de discutir.
Él se me acercó, tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo.
—Voy a llegar —repitió con voz firme, como si pudiera romper mis dudas a la fuerza.
Pero yo no confiaba. No después de todo lo que había pasado entre nosotros.
Daniel salió. El silencio volvió. Camilla estaba despierta dentro de su cuna, estirando sus manitos, haciendo ruiditos. Y Maritza dormía en