No pude dormir. Pasé la noche dando vueltas en la cama, escuchando el silencio de la casa como si fuera un recordatorio de que todo estaba a punto de estallar. Desde temprano escuché a Daniel moviéndose por los pasillos, hablando por teléfono, dando órdenes, saliendo y entrando como si el tiempo lo persiguiera.
Cuando apareció en la puerta, ya estaba vestido con una camisa negra perfectamente planchada y el ceño fruncido.
—Voy a resolver unas cosas antes de la gala —dijo sin rodeos—. Llegaré a