Cuando la última canción terminó, seguimos unos segundos más abrazados, como si nuestros cuerpos no quisieran aceptar que la música había cesado. Daniel apoyó la frente contra la mía y respiró hondo, como si acabara de correr una maratón. Yo también estaba sin aire, pero por razones distintas. Él me miraba como si no pudiera creer que realmente estaba allí, en sus brazos, después de todo lo que habíamos vivido.
—Vamos —susurró él, todavía con su mano en mi cintura.
Regresamos a la mesa y la esp