Cuando la última canción terminó, seguimos unos segundos más abrazados, como si nuestros cuerpos no quisieran aceptar que la música había cesado. Daniel apoyó la frente contra la mía y respiró hondo, como si acabara de correr una maratón. Yo también estaba sin aire, pero por razones distintas. Él me miraba como si no pudiera creer que realmente estaba allí, en sus brazos, después de todo lo que habíamos vivido.
—Vamos —susurró él, todavía con su mano en mi cintura.
Regresamos a la mesa y la esposa de Arturo nos recibió con una sonrisa de complicidad, como si acabara de presenciar la victoria de un equipo al que apostaba desde hacía tiempo. Maritza estaba terminando de darle puré a la niña mientras Camila, con sus ojitos somnolientos, jugaba con los botones del vestido de mi amiga.
—Ya bailaron bastante ustedes dos —dijo Maritza con una sonrisa pícara—. Y yo creo que estos ojitos ya quieren cama…
Daniel se inclinó y besó la cabeza de la niña.
—Yo la llevo —dijo él.
—No —respondió Marit