CAPITULO 35

Escuché el ruido del motor antes siquiera de verlos. Dos puertas se cerraron casi al mismo tiempo, y mis sentidos se tensaron como un reflejo. No era miedo. Era la costumbre que se instala en la piel cuando has vivido demasiadas amenazas. Me asomé desde el salón justo cuando Nikolay apareció desde el pasillo, ajustándose la chaqueta como si se estuviera preparando para una batalla.

—Están aquí —anunció.

—¿Quiénes?

—Dos de los míos. Viktor y Pavel. De los pocos en quienes puedo confiar con los o
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