Nikolay leía el periódico como si la paz mundial dependiera de ello. Sentado en la cocina, con su camisa negra perfectamente abotonada hasta el cuello y el gesto más serio del universo, parecía más un villano de novela que el hombre que anoche me había susurrado al oído que no pensaba dejarme ir nunca.
Pero claro, eso fue anoche. En la oscuridad. A solas.
Ahora, frente a Lara y su sartén humeante, Nikolay era otra vez el señor hielo.
—¿Quieres más café? —preguntó Lara, acercándose con la cafete