El comedor estaba silencioso cuando bajé. Más de lo habitual. No había música suave ni pasos apresurados por la casa. Solo la luz cálida de la lámpara sobre la mesa y Nikolay sentado en la cabecera, como si llevara horas allí esperándome.
Me detuve en la entrada un segundo, sin saber si avanzar o dar media vuelta. Pero él alzó la vista, y sus ojos se encontraron con los míos. Ni fríos ni intensos. Solo... fijos. Como si intentara leerme sin hablar.
—Siéntate —dijo con voz baja.
Lo hice.
La cena