Lo que no se dice

Tuvieron un rato extenso y el final del día llegó con Álvaro marchándose, dejando tras de sí un eco de tensión imposible de ignorar. Clara se quedó apoyada en la encimera, mirando la puerta cerrada, con el corazón acelerado y la mente llena de preguntas.

Porque entendió algo que no podía ignorar: su vida no volvería a ser tranquila hasta que decidiera qué quería de verdad y con quién. Y mientras Mara y Marcus seguían en la hípica, ajenos a todo esto, Clara sabía que el próximo encuentro con Marcus cambiaría las reglas del juego.

Clara apenas durmió.

No fue insomnio exactamente, sino ese estado incómodo en el que el cuerpo descansa pero la cabeza no se calla. La imagen de Álvaro apoyado en el marco de su puerta seguía ahí, clavada como una espina. Y, por debajo de todo, la presencia silenciosa de Marcus, constante, firme, imposible de ignorar.

A la mañana siguiente, se vistió con más cuidado de lo habitual. No por vanidad, sino por necesidad: necesitaba sentirse entera, dueña de sí misma. Se recogió el pelo, respiró hondo y salió hacia la hípica con una determinación frágil, como un cristal que todavía no se ha roto… pero podría hacerlo.

Al llegar, el sonido de los cascos contra la arena la envolvió. Ese era su lugar. Siempre lo había sido.

—Hoy nada me va a descolocar —se dijo, más como un deseo que como una certeza.

—Buenos días —saludó Marta desde la otra punta del picadero—. ¿Día libre reparador?

Clara forzó una sonrisa.

—Más o menos.

No tuvo tiempo de decir nada más. Escuchó un coche detenerse, puertas cerrarse. No necesitó girarse para saber quién era. Lo sintió antes.

Marcus.

Venía solo. Mara no estaba con él esta vez.

Eso ya era distinto.

—Clara —dijo él, acercándose—. ¿Tienes un momento?

La pregunta fue educada, pero el tono… el tono no. Había algo serio ahí. No tenso. Atento.

—Claro —respondió ella, tragando saliva—. ¿Todo bien?

Marcus miró alrededor, comprobando que no hubiera nadie demasiado cerca.

—Mara hoy se ha quedado con mi madre. Pensé que podríamos hablar tranquilos.

El corazón de Clara dio un pequeño golpe seco.

—Vale —dijo—. Dime.

Caminaron hasta una zona más apartada, junto a los boxes. El aire estaba cargado de ese olor a heno y madera vieja que siempre le había dado paz, pero hoy no surtía el mismo efecto.

Marcus se apoyó en la valla, cruzando los brazos. No la miraba directamente. Eso la puso más nerviosa que si lo hubiera hecho.

—Ayer —empezó— te noté distante. Y hoy… —hizo una pausa— hoy estás diferente.

Clara tensó la mandíbula.

—No sabía que me observabas tanto.

Marcus alzó la mirada. Sus ojos eran oscuros, tranquilos, pero no ingenuos.

—Cuando alguien cambia de energía, se nota. Y tú… llevas días cambiando.

El silencio se volvió espeso entre ellos.

Clara pensó en Álvaro. En su casa. En el caos que representaba. Pensó en Marcus, allí delante, siendo justo, sin invadir, pero sin apartarse tampoco.

—No es nada que te incumba —dijo finalmente, con más dureza de la que pretendía.

Marcus no se ofendió.

—Puede que no —respondió—. Pero sí me importa.

Eso la desarmó un poco.

—¿Por qué? —preguntó ella, bajando la voz.

Marcus dudó. Por primera vez desde que lo conocía, pareció no tener la respuesta preparada.

—Porque confío en ti con mi hija —dijo—. Y porque… —se detuvo— porque me importas tú.

El pulso de Clara se aceleró. No era una declaración. No era una promesa. Era algo peor: una verdad a medias, peligrosa.

Antes de que pudiera responder, una risa masculina rompió el momento.

—Vaya, vaya… —la voz de Álvaro apareció como una grieta en el aire—. Interrumpo algo interesante, ¿no?

Clara se giró de golpe. Álvaro estaba allí, relajado, seguro, con esa sonrisa que siempre llegaba en el peor momento.

Marcus lo miró, evaluándolo en segundos.

—No sabía que había más gente —dijo con educación fría.

—Siempre hay más gente de la que parece —respondió Álvaro, mirando directamente a Clara—. Sobre todo cuando hay secretos.

El ambiente cambió. Clara lo sintió en la piel.

—Álvaro, no es momento —dijo ella.

—Nunca lo es —contestó él—. Pero aun así, aquí estamos.

Marcus dio un paso adelante, colocándose sin darse cuenta entre Clara y Álvaro. No fue agresivo. Fue instintivo.

—Creo que Clara estaba trabajando —dijo—. Si necesitas algo, puedes hablar con el encargado.

Álvaro sonrió más despacio.

—Oh, yo siempre hablo directamente con Clara.

Ese “directamente” cayó como una bomba silenciosa.

Clara notó cómo Marcus se tensaba, aunque su expresión seguía controlada.

—Tenemos que seguir luego —dijo él, mirándola a los ojos—. No hemos terminado esta conversación.

Y se fue.

Álvaro esperó a que desapareciera antes de acercarse un poco más.

—Te estás metiendo en terreno peligroso —susurró.

Clara lo miró con una mezcla de cansancio y rabia.

—Tú eres el terreno peligroso.

Él soltó una risa baja.

—Y aun así, sigues dejándome entrar.

Cuando Álvaro se marchó, Clara se quedó sola unos segundos, apoyada contra la madera, respirando hondo.

Lo entendió entonces, con una claridad que asustaba:

Marcus empezaba a ver.

Álvaro no pensaba desaparecer.

Y ella estaba justo en medio, sosteniendo un equilibrio que no podía durar.

Y lo peor no era el drama que se avecinaba.

Lo peor era que, por primera vez, Clara quería que Marcus no se alejara

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