La hípica estaba silenciosa, salvo por el relincho de los caballos y el eco de los cascos en el suelo. El sol caía ya bajo, dejando una luz dorada que dibujaba sombras largas y difusas. Clara estaba recogiendo material, con las manos ligeramente temblorosas. La tensión de los días anteriores todavía vibraba en su piel, como una corriente eléctrica que no se apagaba.
Mara jugaba cerca, despreocupada, pero Clara apenas la notaba. Su atención estaba concentrada en algo mucho más peligroso: la prox