Silencio o no silencio

Clara cerró la puerta de la hípica con un suspiro que parecía arrastrar consigo toda la tensión de los últimos días. Hoy tenía el día libre, y aunque debería sentirse aliviada, un hormigueo en el estómago le impedía relajarse del todo. Entre Marcus, Mara y Álvaro, su mente parecía un campo de batalla que no encontraba tregua.

—Al fin un descanso —murmuró, mientras dejaba la mochila en el salón de su pequeño apartamento—. Aunque dudo que pueda desconectar.

Su apartamento era sencillo, acogedor y lleno de recuerdos que ella misma había escogido: plantas en la ventana, fotos de caballos, cuadros pequeños con paisajes de la campiña. Cada detalle le recordaba quién era y cómo había llegado hasta allí, pero hoy esos recuerdos parecían demasiado lejanos frente al torbellino que tenía en la cabeza.

Se sirvió un café y se sentó junto a la ventana, mirando la calle vacía. La luz de la tarde entraba a rayos, dibujando líneas doradas sobre la mesa. Pensó en Marcus y Mara. La forma en que él la miraba en la hípica, con esa mezcla de curiosidad y tensión contenida, la hacía sentir vulnerable y excitada al mismo tiempo. Y luego Álvaro, con su presencia imposible de ignorar, siempre empujando los límites de lo prohibido.

—Esto no es vida —susurró, mientras la taza temblaba en sus manos.

El sonido del teléfono la sacó de sus pensamientos. Era Marta:

—Oye, ¿cómo va tu día libre? —preguntó con tono curioso.

—Intentando sobrevivir —respondió Clara con una sonrisa cansada—. ¿Quieres venir a tomar un café?

—Claro, paso en media hora —dijo Marta.

Mientras esperaba, Clara decidió hacer algo de orden. Guardó la ropa, revisó los mensajes y, sin darse cuenta, abrió una conversación antigua con Álvaro. Su corazón dio un salto, y rápidamente cerró la pantalla. No podía permitir que esa relación volviera a dominar su mente, no ahora que Marcus estaba cerca de entrar en su vida de forma tan intensa.

Marta llegó puntual, con una bolsa de pan recién hecho y su característico aire de tranquilidad. Se sentaron en la mesa, charlando de cosas triviales: recetas, el clima, los caballos. Pero Clara no podía evitar que su mente regresara a los últimos días. Cada sonrisa de Marcus, cada roce accidental de Álvaro, cada mirada de Mara, estaba grabada en su memoria.

—¿Estás bien? —preguntó Marta, mirándola con atención—. Te noto… distraída.

Clara tragó saliva y bajó la vista. —Sí, solo estoy… cansada —mintió otra vez, aunque Marta sabía que no era cierto.

Después de un rato, Marta se despidió, dejando a Clara sola otra vez. El silencio llenó el apartamento, y Clara se sentó en el sofá, abrazando una manta, dejando que los recuerdos del día en la hípica volvieran a ella. Recordó cómo Marcus había observado cada movimiento, cómo Mara corría feliz sin notar nada, y cómo Álvaro había estado acechando, invisible pero presente.

—Esto se está saliendo de control —susurró, frotándose la frente—. Y yo no quiero perderme en esto.

Al caer la tarde, Clara se levantó para preparar algo de cena. Mientras cocinaba, su mente divagaba en un plan: necesitaba claridad. Necesitaba decidir qué quería de su vida, sin que nadie la empujara. Porque Marcus no estaba allí para protegerla de sus propios sentimientos, y Álvaro… Álvaro era un peligro que ella misma había dejado entrar.

Justo cuando estaba sirviendo la comida, sonó el timbre. Su corazón dio un vuelco. No esperaba visitas. Abrió la puerta con cautela. No era Marcus ni Marta, sino Álvaro, con una sonrisa que combinaba diversión y desafío.

—No podía resistirme a venir a ver cómo pasas tu día libre —dijo, entrando sin permiso.

Clara cerró la puerta tras él, intentando controlar la respiración. Cada palabra, cada movimiento suyo, hacía que su cuerpo reaccionara antes que su mente. —Álvaro… esto no es… —intentó empezar, pero él la interrumpió con una mirada intensa que no dejaba espacio a excusas.

—Lo sé —susurró él, acercándose peligrosamente—. Pero no puedo evitarlo.

Clara retrocedió hasta la cocina, con las manos apoyadas en la encimera, sintiendo cómo el peligro y la atracción la envolvían al mismo tiempo. Su día libre, su santuario, se había convertido en un campo minado de emociones.

—No podemos hacer esto —dijo finalmente, con voz firme pero temblorosa.

—Solo quiero hablar —dijo él, un hilo de sinceridad mezclado con tensión en su voz.

Clara respiró hondo. Sabía que dejarlo quedarse incluso un momento sería abrir una grieta más en su vida ya complicada. Pero también sabía que ignorarlo no era fácil. Su cuerpo, su mente y sus emociones se debatían entre lo correcto y lo prohibido.

—Álvaro… yo…. — dijo Clara, pero antes de que pudiera terminar Álvaro la cogió de la cintura y la envolvió en un beso

No podía soltarse, quería pero no podía, Álvaro era listo y sabía cómo envolverla en su juego. Mientras la besaba la arrastró al sofá cogiéndola y subiéndosela a su pecho mientras agarraba su culo y la besaba apasionadamente. Ella aprovechó el primer momento que él se separó

—Álvaro, no puedo, no puedo seguir con esto — notó un alivio en su pecho sintiendo que por fin lo había podido soltar.

—Clara déjate llevar, estás muy preocupada y estresada, solo quiero que lo pasemos bien, además estamos en un lugar seguro, nadie nos va a ver — y volvió a besarla, esta vez con más fuerza, con más ganas de cogerla fuerte y follarla muy fuerte.

Clara lo deseaba tanto que se dejó llevar

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