Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl silencio de la mañana caía sobre la hípica como un peso. Clara estaba sola, ajustando las riendas y revisando los cascos de los caballos, intentando que Mara no notara que algo en ella había cambiado. Cada gesto de la niña, cada risa despreocupada, era un recordatorio de la noche anterior, de lo que había cruzado con Marcus y de la culpa que la devoraba desde dentro.
El aire parecía más denso de lo normal, cargado de la electricidad que había quedado entre ellos. Cada paso que daba, cada movimiento, la hacía sentir que Marcus estaba demasiado cerca, aunque físicamente no lo estuviera. Y, como si hubiera leído sus pensamientos, Marcus apareció. Esta vez no había prisa, no había pretextos: su presencia era simplemente él, caminando por el picadero con pasos silenciosos y controlados, pero con una tensión palpable en cada movimiento. Clara lo notó de inmediato: el simple hecho de verlo hacer que el corazón le latiera más rápido, incluso cuando intentaba mantenerse firme. —Buenos días —dijo Marcus, con la voz baja y grave—. ¿Todo bien? —Sí… estoy bien —replicó Clara, tratando de sonar segura, aunque sus manos temblaban ligeramente—. Solo… preparando a Mara. Su mirada se cruzó con la de él, y en un instante todo volvió a encenderse: el roce de la piel que recordaba, el calor de su cuerpo que aún parecía estar presente en cada poro de su piel, la respiración compartida que la había dejado sin aliento. La culpa y el deseo se mezclaban, y Clara sentía que no podía sostenerlo por mucho tiempo. Marcus dio un paso más cerca, solo uno, pero suficiente para que el aire entre ellos se cargara de tensión. Sus ojos la atravesaban, claros y profundos, y Clara notó cómo sus piernas temblaban. Cada gesto de Marcus parecía diseñado para provocarla, para recordar lo que había pasado y mantenerla atrapada en ese fuego que no se apagaba. —No podemos seguir así —dijo él, finalmente, la voz baja y controlada—. No después de lo de anoche. —Lo sé —murmuró Clara, bajando la mirada—. Por eso intento… mantener la distancia. Marcus suspiró, un sonido profundo que resonó en el silencio de la hípica. Se inclinó ligeramente para ajustar la montura de Mara, y en un instante, su hombro rozó el de Clara. El contacto fue mínimo, apenas un roce, pero suficiente para que la piel de Clara ardiera y sus sentidos se dispararan. —¿De verdad quieres distanciarnos? —susurró él, casi rozando su oído—. Después de lo que pasó… ¿de verdad crees que podemos hacerlo? Clara tragó saliva, su corazón latiendo con violencia. —No quiero complicarte… ni complicarme a mí misma. —Pero lo hicimos —replicó Marcus, bajando la voz, su aliento rozando su cuello—. Y eso cambia todo. La tensión entre ellos era insoportable. Cada palabra, cada suspiro, cada contacto mínimo era un disparo directo al deseo que habían contenido. Clara sentía cómo su cuerpo respondía a cada gesto de Marcus, cómo el calor subía desde el pecho hasta la nuca, y cómo la respiración se le entrecortaba sin poder evitarlo. Mara gritó algo divertido desde el otro lado del picadero, rompiendo momentáneamente la electricidad que los envolvía. Marcus sonrió y se separó apenas un instante, dejando que Clara respirara, pero el fuego seguía ahí. Cada segundo sin tocarlo era un martirio; cada paso hacia él parecía un acto imposible de controlar. —Esto… —murmuró Clara, finalmente, con la voz temblorosa—. Esto no va a ser fácil. —Nada de lo que hacemos es fácil —replicó Marcus, acercándose de nuevo, con la voz grave y baja—. Pero tampoco quiero alejarme de ti. Sus cuerpos quedaron otra vez cerca, casi pegados, respirando el mismo aire. Clara notó cada movimiento de él: cómo se inclinaba para ajustar la montura, cómo el roce de sus manos la electrificaba, cómo la cercanía de su cuerpo la hacía perder el control aunque quisiera resistirse. —Marcus… —susurró ella, temblando—. No sé si podré resistirme por mucho más tiempo. Él la miró, sus ojos profundos llenos de deseo contenido, y se inclinó un poco más, casi rozando sus labios. —No tienes que resistirte —susurró—. Pero tampoco quiero apresurarte. Solo quiero que sientas… lo que hay entre nosotros. Clara cerró los ojos un instante, respirando hondo, sintiendo cada latido de su corazón como un tambor que marcaba el ritmo de la tensión entre ellos. Cada gesto de Marcus, cada suspiro, cada roce mínimo de su piel era un recordatorio de lo que habían compartido, de lo que todavía no podían admitir del todo. Cuando finalmente Clara giró para ayudar a Mara con la montura, sintió cómo Marcus se quedó justo detrás de ella, su presencia envolviéndola, haciendo que cada movimiento fuera cargado de intención y deseo. Sus hombros se rozaron accidentalmente, y ella contuvo un suspiro que no pudo evitar. —Cuidado —dijo él, apenas un susurro—. No quiero que te lastimes otra vez… ni que te pierdas en lo que sentimos. Clara respiró hondo, tratando de recomponerse. —Lo sé… pero es difícil. —Sí —dijo Marcus, con voz grave, dejando que su cercanía hablara por él—. Lo sé. Y lo sé porque lo siento contigo. El resto del día transcurrió así: tensión, miradas que se cruzaban, contacto contenido, susurros apenas audibles, cada gesto cargado de deseo y culpa. Clara sentía que su mundo se había vuelto más pequeño, más intenso, atrapado entre la necesidad de resistirse y el impulso de dejarse llevar. Cuando finalmente se despidieron, Marcus se inclinó ligeramente, su mano rozando la de ella apenas un instante, y Clara sintió que el fuego aún ardía en su interior. Cada paso que daba hacia la salida era un recordatorio de lo que habían compartido y de lo que aún no podían controlar. Clara volvió a casa esa tarde con el corazón latiendo a mil, con la piel todavía sensible al recuerdo de cada roce, cada mirada y cada susurro. Sabía que la distancia no los salvaría de lo que sentían; al contrario, cada momento separados hacía que el deseo se intensificara. El fuego había comenzado, y ahora estaba más vivo que nunca. Solo quedaba esperar, y cada instante lejos de Marcus era un martirio que la empujaba a enfrentar sus propios sentimientos: culpa, deseo y la certeza de que nada volvería a ser igual.






