Consecuencias

La mañana siguiente, la hípica estaba envuelta en un silencio distinto. Los rayos de sol atravesaban los ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire y los caballos que comían tranquilos. Pero para Clara, nada era tranquilo.

Se movía entre las riendas y las monturas como un autómata, intentando que Mara no notara su nerviosismo, intentando que Marcus no viera lo que aún la consumía por dentro. La culpa la golpeaba con cada paso, cada mirada, cada recuerdo de la noche anterior.

Marcus llegó poco después, sin alardes, sin la seguridad aplastante que normalmente mostraba. Esta vez, había tensión en su postura, en la forma en que sostenía las riendas, en cómo evitaba mirar a Clara directamente. Cada uno sentía que habían cruzado una línea que complicaba todo, y ninguno sabía cómo recomponerse.

—Hola —dijo Marcus, con voz baja, mientras ajustaba la montura de Mara—. Buen día… supongo.

Clara asintió, intentando no mostrar cuánto temblaba. —Sí… supongo.

El silencio entre ellos era casi insoportable. Cada palabra parecía cargada de significado, cada gesto mínimo provocaba una descarga eléctrica que ninguno se atrevía a aceptar del todo.

—Tenemos que hablar —dijo Marcus finalmente, mientras Clara acomodaba la silla de un caballo—. Sobre anoche.

—No hay mucho que decir —respondió ella, con la voz apenas audible—. Fue un error… y lo sabes.

—Sí, lo sé —dijo él, y su mirada bajó por un instante, como si quisiera contener lo que sentía—. Pero eso no cambia cómo me siento… ni cómo te sientes tú.

Clara tragó saliva. Cada palabra lo acercaba, cada gesto lo alejaba. —No sé cómo sentirme. —Su voz temblaba—. No quiero arrepentirme, pero tampoco quiero complicar todo.

Marcus se acercó un paso más, el aire entre ellos denso, cargado de lo que no se había dicho. Su proximidad la hizo temblar de nuevo. —No podemos ignorarlo —murmuró—. Esto… nos cambia, y lo sabes.

Clara bajó la mirada, el corazón golpeándole en el pecho. Sabía que Marcus tenía razón. Nada volvería a ser igual. El deseo que había estallado entre ellos había abierto una puerta que no podía cerrarse fácilmente.

Fue entonces cuando Álvaro apareció, sin aviso, apoyado en la valla. Sus ojos recorrieron la escena, llenos de malicia y celos apenas contenidos.

—Vaya, vaya —dijo, dejando que su mirada se posara en Clara y Marcus, claramente evaluando la tensión entre ellos—. Parece que la noche pasada dejó más que recuerdos.

Clara se tensó. —Álvaro… —comenzó, intentando mantener la calma—. No es lo que piensas.

—Claro que lo es —replicó él, con una sonrisa torcida—. Y parece que ambos lo saben.

Marcus dio un paso delante de Clara, como queriendo protegerla, pero Álvaro no se inmutó. La provocación estaba en el aire, palpable. Clara sintió cómo el pecho le ardía, no por deseo esta vez, sino por la culpa y la rabia mezcladas.

—No es asunto tuyo —dijo Marcus, su voz firme, pero con ese tono que aún cargaba deseo contenido—.

—Oh, pero sí lo es —contestó Álvaro, acercándose un poco más, midiendo a Marcus—. Todo lo que involucra a Clara me interesa… especialmente lo que tú no puedes darle.

Clara apartó la mirada, su cuerpo temblando. No sabía si era culpa, miedo o el eco del deseo que aún palpitaba en su piel. Cada palabra de Álvaro reavivaba la tensión, mezclando celos con la adrenalina de lo prohibido.

Mara corrió hacia ellos, rompiendo la escena. —¡Papá! —gritó, abrazando la pierna de Marcus—. ¿Vamos ya?

Marcus respiró hondo y asintió. —Sí, cariño. Vamos.

Clara aprovechó el momento para recomponerse, ajustando la rienda de Mara y evitando mirar directamente a Marcus. Sabía que cada segundo a solas con él era un riesgo, que cualquier roce, cualquier suspiro compartido podía desatar de nuevo el fuego que habían encendido.

Cuando Marcus y Mara se fueron, Clara quedó sola con Álvaro, y sintió la presión de su presencia como un peso sobre sus hombros. —Esto… —dijo él, acercándose un poco más—. Esto cambia todo.

—Sí —murmuró ella, con voz baja—. Y no sé si quiero que cambie o no.

Álvaro sonrió, divertido por la confusión que veía en Clara, consciente de que Marcus no estaba presente para equilibrar la situación. —Eso es lo que más me gusta de ti —dijo, acercándose apenas un paso—. Que siempre estás entre el deseo y la razón.

Clara respiró hondo. Sabía que debía alejarse, pero el magnetismo de Álvaro todavía tenía poder sobre ella. Su cuerpo recordaba, su mente dudaba, y el corazón… el corazón quería demasiado para admitirlo.

Cuando finalmente se apartó de él, ajustándose la chaqueta y respirando con fuerza, comprendió que cada decisión, cada roce, cada mirada contenida, había hecho que su mundo se volviera más complicado. Marcus, Álvaro, Mara… todo estaba mezclado, y el fuego que habían encendido la noche anterior no solo ardía en su cuerpo, sino en su mente, amenazando con devorar cualquier intento de control.

Clara salió de la hípica con las manos temblando, sabiendo que las próximas horas serían un infierno emocional. Cada recuerdo, cada roce, cada palabra no dicha estaba acumulándose, y no podía evitar preguntarse: ¿cómo podrían ella y Marcus recomponerse cuando la culpa y el deseo eran tan intensos?

El fuego había comenzado, y ahora las consecuencias eran inevitables.

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