La mañana siguiente, la hípica estaba envuelta en un silencio distinto. Los rayos de sol atravesaban los ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire y los caballos que comían tranquilos. Pero para Clara, nada era tranquilo.
Se movía entre las riendas y las monturas como un autómata, intentando que Mara no notara su nerviosismo, intentando que Marcus no viera lo que aún la consumía por dentro. La culpa la golpeaba con cada paso, cada mirada, cada recuerdo de la noche anterior.
Marcus