Mundo ficciónIniciar sesiónLa lluvia caía fina sobre la hípica, golpeando los ventanales y creando un sonido rítmico, casi hipnótico. Clara estaba sola, recogiendo las riendas y ajustando las últimas sillas de montar después de un día pesado. Su cuerpo todavía vibraba con la tensión de los últimos encuentros con Marcus y, aunque intentaba no pensarlo, cada roce, cada mirada reciente seguía clavado en su piel.
El sonido de pasos suaves la hizo mirar hacia la entrada. Marcus estaba allí, empapado, con la chaqueta pegada al cuerpo y el cabello húmedo. Su presencia llenaba todo el espacio; la luz que entraba por las ventanas lo dibujaba como un recuerdo imposible de ignorar. —No podía esperar a verte después de hoy —dijo, la voz baja y grave, cargada de algo que hizo que Clara sintiera un calor inmediato—. Tenía que asegurarme de que estabas bien. —Estoy bien —replicó ella, aunque su voz temblaba y su corazón latía como un tambor enloquecido—. Solo… cansada. Él dio un paso más cerca, y el aire entre ellos se volvió denso, eléctrico. Cada fibra de su cuerpo gritaba por él, y Clara sabía que no podía resistirse por mucho tiempo. —No puedes negarlo —murmuró Marcus, sus ojos atrapándola—. Lo sientes tanto como yo. Clara bajó la mirada, respirando hondo. —No… no debería. —Pero lo haces —dijo él, inclinándose, rozando su hombro con el de ella mientras la ayudaba a recoger una rienda caída—. Y yo también. El roce fue mínimo, apenas un contacto, pero suficiente para que el deseo que habían contenido durante semanas estallara en su pecho. Clara sintió cómo sus rodillas se debilitaban, cómo su cuerpo reaccionaba a cada movimiento, a cada respiración compartida, a cada palabra cargada de intención. —Marcus… —susurró, y no pudo terminar la frase—. Esto es… —Prohibido —dijo él, apenas rozando su oído—. Lo sé. Pero no puedo controlarlo más. Antes de que pudiera pensar en consecuencias, Marcus la acercó a él. El calor de su cuerpo, la fuerza contenida en cada gesto, la intensidad de sus ojos… todo empujaba a Clara más allá del límite que había intentado mantener. Su corazón latía con violencia, su respiración se aceleraba, y por primera vez en semanas, la razón perdió la batalla frente al deseo. El primer contacto fue un beso breve, exploratorio, que dejó a Clara sin aliento. Fue suficiente para encender algo que ambos habían estado reprimiendo, y cada segundo que duró fue un aviso: no habría vuelta atrás. —Esto… —dijo Clara, jadeando—. Esto es… un error. —Tal vez —susurró Marcus, inclinándose más, atrapándola suavemente contra su pecho—. Pero un error que no quiero dejar pasar. La tensión que habían acumulado durante días, semanas, meses, explotó en un instante. Cada roce de manos, cada suspiro, cada beso era un fuego que los quemaba sin destruirlos todavía. Clara se aferró a él, y Marcus respondió con la misma intensidad, sin prisa, como si quisiera grabar cada segundo en sus cuerpos y en sus recuerdos. En un instante, la ropa se convirtió en obstáculo, en barrera que deseaban superar, pero con cuidado, con lentitud, prolongando cada momento, aumentando el deseo hasta un límite casi insoportable. La lluvia golpeaba los ventanales, mezclándose con sus respiraciones aceleradas, creando un ritmo hipnótico que los absorbía por completo. Cuando finalmente se detuvieron, los cuerpos pegados, el corazón latiendo con violencia, Clara comprendió la magnitud de lo que habían hecho. No era solo sexo. Era deseo reprimido, pasión contenida y emociones que no podían sostener sin consecuencias. —No… —murmuró ella, temblando—. Esto… complica todo. —Lo sé —dijo Marcus, susurrando contra su cuello—. Pero necesitábamos esto. Clara cerró los ojos, respirando profundo, sintiendo la mezcla de placer y culpa. Cada contacto, cada roce, cada respiración compartida estaba cargado de consecuencias invisibles, y sabía que el mundo que habían construido cuidadosamente empezaba a tambalearse. La puerta se abrió de repente, y el sonido de pasos secos resonó en la hípica. Mara estaba ahí, con los ojos abiertos como platos, sin entender del todo, pero percibiendo que algo había cambiado. Clara se separó de Marcus, ajustándose la ropa y respirando con dificultad, intentando recomponerse. —Mara… —susurró, con voz temblorosa—. ¿Qué haces aquí? —Solo quería buscar mi chaqueta —dijo la niña inocente, ajena a la electricidad que había atravesado la habitación—. Clara miró a Marcus, y él asintió suavemente, sabiendo que el instante había terminado, pero el fuego aún permanecía. Nadie podía negarlo: algo había cambiado, y no podrían volver atrás. Cuando Mara salió corriendo, Clara y Marcus se quedaron en silencio, con los cuerpos aún cerca, respirando el uno del otro, atrapados entre el deseo que acababan de satisfacer y la culpa que sabían que les perseguiría. —Esto no arregla nada —dijo Clara, finalmente—. Solo lo complica todo. —Lo sé —respondió Marcus, su mirada intensa, su voz baja—. Pero tampoco quiero arrepentirme de lo que sentimos. Esa noche, Clara se fue a casa con la sensación de que algo dentro de ella se había roto y reconstruido al mismo tiempo. El deseo, el miedo, la culpa y la intensidad se mezclaban, creando un torbellino que sabía que no desaparecería fácilmente. Y mientras cerraba la puerta detrás de sí, entendió que nada volvería a ser igual: ni con Marcus, ni con Álvaro, ni con ella misma. El fuego había comenzado, y no había marcha atrás.






