El sol de la tarde se filtraba por los ventanales de la hípica, dibujando líneas doradas sobre el polvo que flotaba en el aire. Clara ajustaba las monturas mientras Mara jugaba cerca de los caballos, ajena a la electricidad que se cernía sobre el lugar. Cada movimiento suyo, cada risa infantil, era un contraste con la tensión que se acumulaba en el corazón de Clara.
Álvaro apareció de repente. Como siempre, sin anunciarse, silencioso y provocador. Se apoyó en la valla con esa sonrisa que siempr