Sombras del pasado

Clara no podía concentrarse. Cada vez que cerraba los ojos, los recuerdos de Marcus se mezclaban con la culpa de lo que había pasado entre ellos. Pero había algo más, algo que siempre había flotado en el aire y que ahora, tras la noche que habían compartido, cobraba sentido: Elena.

Durante semanas, Clara había notado detalles que no podía ignorar: llamadas breves, mensajes borrados, la manera en que Marcus se tensaba cuando se mencionaba su nombre. Siempre había confiado en él, pero la incertidumbre era un veneno que se acumulaba lentamente, haciéndole cuestionar cada gesto, cada mirada y cada roce compartido.

La relación de Marcus y Elena había sido complicada desde el principio. Oficialmente, nada había sido definido, pero la cercanía que tenían era palpable. Clara recordaba cómo Elena se aparecía en la hípica con excusas triviales, cómo Marcus cedía a sus demandas con un compromiso que ella no podía ignorar. Cada encuentro que parecía casual tenía un trasfondo que nadie le contaba: cenas a escondidas, llamadas por la noche, susurros que Clara solo podía imaginar.

Lo que hacía que el dolor fuera más profundo era que Marcus nunca había roto del todo con Elena. No había una relación formal, sí, pero sí había intimidad, momentos compartidos que cruzaban líneas que Clara consideraba propias. Y ahora, tras la noche que habían tenido, la culpa de Marcus se mezclaba con la de Clara, y el remordimiento la devoraba lentamente.

Elena, por su parte, no podía soportarlo más. Había sido testigo de la tensión que crecía entre Clara y Marcus y, por primera vez, sintió que estaba fuera de control. No había amor en lo que compartían Marcus y ella; era más un juego de costumbre, de dependencia emocional y de poder. Pero ver a Marcus con Clara, ver cómo su atención se volcaba completamente en otra, fue la gota que colmó el vaso. Elena decidió apartarse. Sin drama, sin escenas: simplemente desapareció. No quería ser la causa de un desastre mayor.

Clara no sabía nada de esto. Lo único que percibía era el cambio repentino en Marcus: silencios, miradas cargadas de culpa, gestos que parecían contener un peso invisible. Cada roce, cada palabra, cada susurro compartido entre ellos estaba teñido de lo que no se decía, de secretos que aún no había descubierto.

Una tarde, mientras Clara revisaba los establos, encontró algo que la congeló. Una conversación en un móvil olvidado, un mensaje que no debía leer, pero que su curiosidad y el presentimiento la empujaron a abrir. Allí estaba todo: nombres, fechas, insinuaciones, momentos que Marcus había compartido con Elena y que cruzaban líneas que Clara había creído exclusivamente suyas.

El corazón le dio un vuelco. Su respiración se cortó, y por un instante todo pareció girar a su alrededor. No era una relación formal, no había promesas ni compromisos, pero sí había crueldad y engaño. Marcus, sin darse cuenta del impacto que tendría en Clara, había compartido con Elena algo que él mismo había negado a Clara, y la sensación de traición le golpeó con fuerza.

Clara cerró el móvil con las manos temblorosas, intentando recomponerse. Cada emoción se mezclaba: culpa por lo que había pasado entre ellos, deseo que aún ardía en su piel, rabia por la traición, confusión por la intensidad de lo que sentía y miedo de lo que esto significaba.

Se quedó en silencio, apoyada en la puerta del establo, observando cómo los caballos comían tranquilamente, ajenos al caos que la consumía por dentro. Sabía que esto no podía quedarse así, que la conversación con Marcus iba a ser inevitable. Pero no hoy. Hoy solo podía procesarlo, respirar y prepararse para enfrentar la tormenta que estaba por venir.

El sol caía, dibujando sombras largas en el suelo del picadero, y Clara comprendió que nada volvería a ser igual. La línea entre deseo y razón, entre pasión y traición, se había vuelto borrosa. Y mientras el viento movía suavemente la melena de los caballos, Clara cerró los ojos y permitió que la realidad la alcanzara: Marcus le había sido infiel, aunque solo en actos y momentos, y ella acababa de enterarse.

Quedó allí, inmóvil, con la respiración agitada y el corazón latiendo con fuerza, sabiendo que el próximo capítulo de su historia con Marcus no sería solo pasión ni deseo. Sería confrontación, dolor y decisiones que cambiarían para siempre lo que quedaba entre ellos.

Clara respiró hondo, apoyándose contra la puerta del establo. Cada emoción la consumía: deseo, rabia, culpa y confusión. Sabía que Marcus estaba cerca; podía sentir su presencia, y aunque el viento movía la melena de los caballos, la tensión en el aire era casi tangible.

—Clara… —dijo Marcus, su voz baja y cautelosa, como si temiera romper algo frágil—. ¿Estás bien?

Ella giró lentamente, encontrándose con sus ojos. Todo lo que había sentido se mezcló en una sola mirada: dolor, reproche y claridad.

—No —dijo Clara, la voz firme aunque temblorosa—. No estoy bien. Porque lo sé todo.

Marcus parpadeó, sorprendido, y un silencio pesado llenó el establo.

—Lo sabes… —murmuró él—.

—Sí —replicó Clara, acercándose un paso, manteniendo la mirada fija—. Lo de Elena, tus… momentos con ella. Todo. Y me duele, Marcus. Me duele que me hayas escondido esto mientras pretendíamos algo.

Marcus bajó la cabeza, incapaz de sostener su mirada. —Clara… yo… no fue lo que tú crees…

—No tienes que explicarte ahora —dijo ella, con un hilo de voz—. Solo quiero que sepas que lo sé. Y que esto cambia todo.

Él tragó saliva, mientras ella daba un paso atrás, dejando espacio entre ambos. Sabía que la pelea vendría, que la confrontación era inevitable. Pero también sabía que nada podría volver a ser igual.

Clara se quedó allí, con los brazos cruzados y el corazón latiendo con fuerza, mientras Marcus permanecía en silencio, atrapado entre culpa, deseo y miedo.

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