Myra avanzaba con pasos cautelosos entre la espesura del bosque, el frío de la madrugada le calaba la piel pero no se detuvo. Cada crujido bajo sus botas parecía un grito en medio del silencio, como si la misma noche intentara delatarla. Había dejado atrás el castillo, cargando consigo un peso invisible: información que debía entregar a Castiel. Ella sabía que Kael jamás le perdonaría si descubría su traición, pero tampoco podía negar la lealtad torcida que la unía a aque ángel. Cuando la bruma