Pasaron varios días.
No hubo grandes revelaciones ni milagros repentinos. Solo repetición, errores y cansancio. El anciano demonio no creía en atajos, y Sareth ya había aprendido —a golpes— que la magia no se doblega por desesperación.
Entrenó hasta que las manos le temblaban. Hasta que la oscuridad dejó de responderle como una bestia salvaje y empezó a hacerlo como una herramienta. No era dócil, nunca lo sería, pero al menos ya no intentaba devorarla cada vez que la invocaba.
—No pienses en el