Habían pasado varias semanas. Kael seguía sin saber nada de Sareth, ni de Elio ni de Myra. Era como si la tierra se los hubiera tragado.
Aziel iba y venía en expediciones, explorando incluso los límites del reino, pero sin éxito. Eris, por su parte, era un manojo de nervios y llanto constante. Habían tenido que reforzar la vigilancia a su alrededor; el descontrol de sus emociones empezaba a afectar la runa de lealtad que llevaba grabada en la piel. Nadie podía arriesgarse a que aquello se rompi