Capitulo 54

El sonido de las botas de Kael resonaba con fuerza en el pasillo de piedra. El aire era espeso, húmedo, cargado de un olor a óxido y encierro. Las antorchas apenas iluminaban los muros cubiertos de musgo. A cada paso, el silencio parecía hacerse más pesado.

Aziel lo seguía unos metros detrás, sin decir palabra. Nadie se atrevía a interponerse en su camino. Cuando Kael entraba a los calabozos, hasta los guardias contenían la respiración.

Frente a la última celda, un soldado se enderezó con nervi
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