El sonido de las botas de Kael resonaba con fuerza en el pasillo de piedra. El aire era espeso, húmedo, cargado de un olor a óxido y encierro. Las antorchas apenas iluminaban los muros cubiertos de musgo. A cada paso, el silencio parecía hacerse más pesado.
Aziel lo seguía unos metros detrás, sin decir palabra. Nadie se atrevía a interponerse en su camino. Cuando Kael entraba a los calabozos, hasta los guardias contenían la respiración.
Frente a la última celda, un soldado se enderezó con nervi