El silencio en la caverna era casi humano, lleno de respiraciones, de pasos contenidos.
Sareth observaba cómo los demonios se movían entre las sombra. No había gritos, ni órdenes, ni cadenas. Solo rutina.
Elio no apartaba la mano del mango de su espada. Cada vez que una de esas criaturas pasaba demasiado cerca, su instinto lo empujaba a reaccionar. No confiaba. No podía.
—No hace falta que los vigiles tanto —dijo Sareth sin girarse, notando su tensión—. Si quisieran matarnos, ya lo habrían hec