La luz de la mañana se filtraba por las cortinas pesadas de la habitación, bañando el lugar con un resplandor suave que hacía que todo pareciera más tranquilo de lo que realmente era. Sareth abrió lentamente los ojos, sintiendo un leve peso sobre sus piernas. Al bajar la mirada, descubrió la escena: Kael estaba allí, recostado, dormido sobre ella, sujetándole la mano con firmeza, como si temiera que en cualquier momento pudiera desvanecerse o escapar. El cansancio del día y de la noche anterio