Máscaras.
El reloj marcaba las 2:17 a.m.
Isela despertó de golpe. El apartamento estaba en silencio, apenas iluminado por el reflejo de la luna que entraba entre las cortinas. No recordaba en qué momento se había quedado dormida en el sofá. Tenía el celular aún en la mano, las notificaciones de Damian que ni siquiera había abierto, y de aquel número desconocido que la acechaba, brillando en la pantalla.
Rufián estaba erizado en el respaldo, mirando hacia la puerta de entrada.
Un escalofrío le recorrió la