Escapando.
El despertador sonó como siempre: seis de la mañana. Pero al abrir los ojos, algo no estaba bien. La luz filtrada por las persianas tenía un tinte metálico, un resplandor frío que no recordaba haber visto antes.
Sus dedos rozaron la muñeca y allí estaba: un hilo de sangre, una línea imperfecta grabada en su piel. Las palabras eran claras, como si alguien las hubiera escrito desde dentro de su mente: “Ya no estás sola.”
El corazón de Isela se aceleró. Recordó vagamente la voz de alguien, un susu