El Pulso no volvió a latir como antes.
Se expandió.
Ainge lo sintió antes de comprenderlo, como una presión dulce detrás de los ojos, como si el mundo entero hubiera inhalado al mismo tiempo y ahora dudara si exhalar. No era dolor. Tampoco calma. Era conciencia multiplicada. Cada piedra del valle, cada raíz bajo la tierra, cada cuerpo dormido o en vela parecía sostener una pregunta distinta, y todas aguardaban respuesta.
El amanecer no llegó con luz, sino con color. El cielo se tiñó de un tono