La noche cayó sin transición, como si el Pulso hubiera decidido que el mundo necesitaba un silencio absoluto antes de hablar otra vez. En el valle, los reflejos dorados del amanecer aún persistían sobre las piedras y el follaje, dando al terreno un brillo casi irreal, pero las sombras se alargaban con un ritmo propio, independiente de la luz. Cada sombra parecía pulsar, respirar, como si el valle hubiera heredado la conciencia de lo que había ocurrido horas antes. Ainge y Kael permanecían junto