El Pulso no se repitió. Evolucionó.
Ainge lo comprendió al amanecer, cuando el valle no despertó con sonidos, sino con decisiones. No hubo aves alzando vuelo ni brumas disipándose de manera natural. Hubo personas que abrieron los ojos con certezas nuevas, con miedos que ya no podían ignorarse, con deseos que exigían forma. El Pulso había dejado de ser un latido ajeno: ahora era una conversación.
Kael caminó entre los campamentos sin armadura, apenas con la espada colgada a la espalda como un re