El amanecer sobre Lirien no traía calma. La ciudad parecía un tablero de guerra, donde cada sombra podía ser un aliado disfrazado o un enemigo acechando. Tras la contención de la entidad en la explanada, el rumor se había extendido con rapidez casi mágica: Kael y Ainge habían demostrado una fuerza combinada capaz de frenar a algo que todos creían indomable. Pero los ecos de esa demostración no habían sido solo de admiración; también habían sembrado miedo y celos en las entrañas de la corte.
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