El cielo sobre Lirien se volvió gris ceniza antes del mediodía, un presagio que parecía surgir del mismo corazón de la entidad ancestral. La ciudad, normalmente luminosa y vibrante, estaba silenciosa, como si contuviera la respiración. Desde lo alto de la Torre del Rey, Ainge observaba las calles vacías, la Ceniza aún brillante sobre sus brazos, y los patrones de los sellos que habían logrado estabilizar apenas unas horas antes. Pero la sensación de seguridad era efímera. La entidad estaba desp