94. La respiración de la ciudad
Cuando la herida de Mile dejó de arder cada minuto, aprendí a respirar con ella. No fue un acto heroico ni una decisión consciente. Fue algo más básico: ajustar el ritmo. Dormir cuando dormía. Despertarme cuando cambiaba de posición. Alcanzarle el vaso de agua antes de que lo pidiera. Cargarle el teléfono sin anunciarlo. Aprendí que cuidar no es hacer ruido, es estar.
No hice promesas grandes. Las promesas grandes suelen romperse cuando la ciudad tose. Hice cosas chicas. Le llevé agua tibia cuando el frío le apretaba el costado. Le acomodé la almohada. Bajé dos cuadras para comprar empanadas a una señora que decía “para los chicos de la luz” y no aceptaba propina. El país entiende con comida. A veces también se cura así.
La ciudad respiraba raro. No estaba en calma, pero tampoco en pánico. Era un aire nuevo, como después de una tormenta que no termina de irse. Radios encendidas en ventanas abiertas, vecinos hablando bajo, como si la verdad fuera un animal que no hay que espantar. Yo