94. La respiración de la ciudad
Cuando la herida de Mile dejó de arder cada minuto, aprendí a respirar con ella. No fue un acto heroico ni una decisión consciente. Fue algo más básico: ajustar el ritmo. Dormir cuando dormía. Despertarme cuando cambiaba de posición. Alcanzarle el vaso de agua antes de que lo pidiera. Cargarle el teléfono sin anunciarlo. Aprendí que cuidar no es hacer ruido, es estar.
No hice promesas grandes. Las promesas grandes suelen romperse cuando la ciudad tose. Hice cosas chicas. Le llevé agua tibia cu