95. Nombres. Mile
El hospital dio de alta a Lara con condiciones imposibles. Reposo relativo, controles semanales, nada de “situaciones de estrés”. Se rió mientras firmaba, con esa risa suya que no niega el miedo pero tampoco le da permiso. Salió con el saco al hombro y la cabeza erguida, como si la puerta giratoria fuera una frontera que no pensaba volver a cruzar en silencio.
—Nos vemos en la plaza —dijo—. Si no, no cuenta.
La plaza ya estaba viva cuando llegamos. No como otras veces, cargada de bronca o de urgencia, sino con una especie de curiosidad nueva. Las radios comunitarias habían cambiado la programación: menos debate, más nombres. “Aprender nombres”, decía un cartel escrito con fibrón negro y cartón de caja. Un flaco con guitarra le había puesto melodía a “Valera”, estirando las sílabas como si fueran un tango torcido. Fue hermoso y ridículo a la vez. Me encantó. La gente se reía, cantaba, corregía la letra. El apellido ya no imponía; se dejaba tocar.
Me senté en un banco con Fran y el p