91. La ciudad

La noche siguiente a la pantalla municipal parecía inventada por un guionista testarudo, de esos que no saben cuándo cortar una escena porque la realidad insiste. Ventanas que se prendían a destiempo, como si cada familia tuviera su propio pulso. Radios viejas repitiendo titulares con palabras grandes y silencios más grandes todavía. Mensajes anónimos que llegaban sin saludo ni firma, con mapas torpes dibujados a mano y datos precisos que no podían ser casualidad. “A-12 siempre tuvo otra copia”, había dicho la pantalla antes de apagarse. La frase seguía flotando en la ciudad como un rumor que no se deja desmentir.

No dormí. Abrí y cerré el sobre de mi madre varias veces, como si al hacerlo pudiera reordenar el mundo. Acaricié la llave con corazón hasta que el metal se calentó. Escuché el tic del reloj del maestro, constante, paciente, marcando un tiempo que no corre detrás de nadie. Pensé que la paciencia también es una forma de resistencia, aunque nadie la aplauda.

Fran hizo café c
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