92. Escalera de aire

La cantera se abría como una boca de piedra con dientes de noche. No era solo oscuridad: era profundidad. El viento entraba y salía como si respirara por ella, trayendo olor a metal mojado y a algo viejo que no termina de pudrirse. A lo lejos, el ruido del tránsito era otro mundo. Acá abajo, el silencio tenía reglas propias.

Encontramos la escalera clavada en el borde del barranco, tal como decía el mensaje. Peldaños oxidados, soldados a una estructura que parecía sostenerse más por costumbre que por ingeniería. Bajaban hacia una boca de túnel cerrada con un portón de chapa, abollado, sin marcas visibles. “Sin luces”, había dicho la voz anónima. Obedecimos a medias: linternas apagadas, celulares en modo avión, pero los ojos bien abiertos. La oscuridad total también miente.

—Voy primero —dijo Fran, probando el primer escalón con el peso justo.

—Vamos juntos —lo corregí, y mi voz no admitió réplica.

No era valentía. Era necesidad. Aprendí tarde que avanzar sola también puede ser una
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