71. Correr
La camioneta sin placas dobló por la calle lateral como si el asfalto fuera suyo, como si todo el trazado de la ciudad hubiera sido diseñado para abrirle paso. Apenas la vi desaparecer, mis piernas ya estaban en movimiento. No lo decidí: simplemente corrí. A veces el cuerpo resuelve antes que la cabeza, como si en el pecho viviera un animal que sabe leer más rápido que los ojos.
La moto de Mauro —el “todo lo arreglo”, el que siempre aparece donde menos esperás— estaba al lado del kiosco, apoyada contra un poste, con la llave puesta como si alguien hubiese adivinado que la iba a necesitar. Me subí de un salto, con una mezcla de urgencia y culpa.
—¡Perdón, te la devuelvo! —grité mientras arrancaba, y el viento se tragó la promesa antes de que siquiera saliera de mi boca del todo.
Mi pequeño lobito ladraba en la canasta de adelante, erizado, listo, sin una pizca de miedo. En su mirada había una determinación que me sostuvo más que cualquier volante. La ciudad estaba sin luz —una boca neg