70. Cuando apagan, encendemos
La plaza estaba llena. No sé cuántos éramos exactamente; sé, en cambio, que había suficientes ojos para que a HLK se le aflojara la mano, para que cualquier sombra supiera que ese día no podía esconderse tan fácil. La tarde tenía esa luz de partido importante, de final que se juega con la respiración contenida. Desde los bancos hasta la escalinata, desde los vendedores que jamás abandonan un evento aunque tiemble el país, hasta los que llegaron con cartas, cruces o velas, todos estábamos apretados en una misma intención.
Vera alineó los micrófonos con la precisión de quien ordena una brújula antes de entrar al bosque. El maestro sostenía un cartel hecho con letras torcidas: LA LUZ ES DECISIÓN. Cada palabra parecía escrita con la urgencia de una noche entera sin dormir. Mi pequeño lobito —mi perro que se creía hijo, guardián y público al mismo tiempo— saludaba a todos como si fueran familia perdida. A unos metros, en un banco de cemento rajado, una mujer rezaba con la radio pegada a l