70. Cuando apagan, encendemos
La plaza estaba llena. No sé cuántos éramos exactamente; sé, en cambio, que había suficientes ojos para que a HLK se le aflojara la mano, para que cualquier sombra supiera que ese día no podía esconderse tan fácil. La tarde tenía esa luz de partido importante, de final que se juega con la respiración contenida. Desde los bancos hasta la escalinata, desde los vendedores que jamás abandonan un evento aunque tiemble el país, hasta los que llegaron con cartas, cruces o velas, todos estábamos apreta