72. Inventar una llave
El acceso T-3 tenía un tablero con lector de tarjetas y teclado numérico, de esos que pretenden ser discretos pero terminan pareciendo un reto. En el marco había una rebaba diminuta, apenas una astilla del plástico, señal clara de que el protector era nuevo, instalado a las apuradas o cambiado después de algún error. Los lugares que se venden como perfectos siempre fallan por un detalle humano, por una mano que tembló o un turno nocturno mal pagado.
Me detuve un segundo, respiré y apoyé la llave de corazón en el borde del marco, solo por superstición. Mi madre decía que las cosas funcionan mejor cuando las tocás con algo que querés. No sé si era verdad, pero necesitaba creer en algo que no fuera él.
Recordé el recibo de luz de mi madre, ese en el que un funcionario escribió C3 con birome y sin ganas. Tecleé 3-0-3-3.
Error.
Intenté otra: 1-9-8-9, el año en que nos mudamos al pueblo por primera vez, cuando todavía creíamos que el silencio era seguridad.
Error.
La risa del guardia a lo l