67. Casa adentro
No fui a ninguna oficina. Fui a su casa. Los tipos así siempre tienen casas que parecen hoteles, templos fríos donde nada está fuera de lugar y donde todo está diseñado para intimidar sin esfuerzo. Lara me había pasado la dirección escrita a mano, con el pulso quebrado de una mujer que quiere pagar de a poquito sus cuentas con la vida. Esa letra cargaba más culpa que tinta.
El edificio ya desde afuera decía “usted no vive acá”. No hacía falta un guardia armado ni un letrero. Era una sentencia visual: fachadas impecables, un jardín que parecía trazado con regla, ventanas que no dejaban ver nada hacia adentro. Toqué el portero con la serenidad del que trae flores. “Reparto”, mentí, con una naturalidad que me sorprendió. Abrieron por reflejo, como si el sistema estuviera más acostumbrado a obedecer que a filtrar.
En el ascensor respiré como quien está a punto de sumergirse en agua helada. No era miedo; era preparación. Cada piso que subía se sentía como una capa de cordura que dejaba atr