68. Calma de cuchillo
Esa noche el maestro nos prestó su dormitorio y él insistió en dormir en el sofá, aunque yo protesté un poco. “Los jóvenes necesitan cama,” dijo, con esa mezcla de autoridad y ternura que solo tienen quienes vivieron demasiadas madrugadas salvando a otros. Le creí porque mi cuerpo estaba hecho de nudos: nudos de miedo, de cansancio, de un día que había sido largo como tres vidas. Y sí, necesitaba una cama que no oliera a hospital ni a alarma.
Me metí al baño y cerré la puerta como quien baja un telón. Abrí la ducha y dejé que el agua cayera sin medida. Al principio me dolió, como si cada gota golpeara la memoria del apagón, de la carrera, de la casa de Krieger, de sus ojos. Después empezó a aflojar. El agua dejó de sonar a guerra y empezó a sonar a regreso.
Me quedé mucho más de lo necesario, viendo cómo el vapor empañaba el espejo y mi respiración regresaba a ritmo humano. Cuando salí, el aire estaba tibio y olía a jabón viejo, ese aroma que solo tienen las casas donde se ha vivido