66. Nombres propios

A la mañana siguiente, la luz volvió como quien pide disculpas después de una pelea: tímida, incómoda, intentando no hacer ruido. Entró por las ventanas del hospital con pasos cortos, como si necesitara permiso para existir. El edificio respiró distinto. Las paredes dejaron de parecer un animal acorralado. Afuera, los generadores improvisados ya eran solo testigos.

Lara durmió de un tirón, profundo, como quien por fin baja las armas. El médico repitió palabras que yo no sabía que podían sonar tan luminosas: “estabilizada”, “controlado”, “vigilancia”, “observación”. Cada término era un ladrillo más en el puente que la alejaba del borde.

Vera publicó un hilo que parecía tejido de abuela: firme, hermoso, lleno de puntadas invisibles que sostenían lo que otros querían romper. Cada tweet era un nudo atado al país entero. El maestro preparó mate con cáscara de naranja “porque alegra el ánimo”, según él. Y tenía razón: el aroma llenó la sala como un mapa hacia casa.

La ciudad grande, al fond
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