Dormimos en la sala de espera, si es que a cerrar los ojos rodeados de tubos parpadeantes se le puede llamar dormir. Fue más bien un acuerdo temporal entre el cansancio y la vigilancia: descansar lo mínimo sin entregarle nada al sueño. Vera pasó la madrugada entera editando con unos auriculares enormes, como si necesitara fabricar un escudo de sonido para no quebrarse. El maestro, con la paciencia ritual de los que aprendieron a pensar con las manos, extendió un papel manteca sobre una mesa y empezó a trazar líneas. Subestaciones, depósitos, antenas, calles sin nombre. “Si querés entender a un monstruo —dijo—, dibujale la circulación. Todos tienen una.” Sus dedos parecían seguir un pulso que solo él escuchaba.
Fran estudió las rutas del fideicomiso “Luz Norte” que Lara había marcado con fosforescente. Las repasó hasta que dejaron de ser rutas y se volvieron un idioma que él podía hablar con la mirada. Yo lo observaba pasar las hojas, subrayar, memorizar. Era como verlo montar una arma