61. Lo que sostiene el pulso
El aire olía a humo y metal, una mezcla que se pegaba a la piel como si quisiera quedarse adentro. Lara estaba tendida en la camilla, la boca apretada, un hilo rojo escapando bajo la clavícula y corriendo hacia la camilla como una idea que se niega a detenerse. Mi pequeño lobito me miraba desde el suelo del móvil con esa cara que ya entiendo mejor que cualquier idioma: te sostengo, decía sin abrir la boca. Vera, cubierta de hollín, con los ojos más abiertos de lo que permite el ser humano, segu