63. El puerto seco
El puerto seco era un intestino interminable de contenedores grises, camiones en reposo y perros flacos que entendían mejor que nadie dónde se escondían las sombras. El aire tenía un sabor metálico, como si cada estructura exhalara óxido. Caminamos con paso de empleados cansados, esos a los que nadie mira dos veces porque parecen tener una rutina inscrita en la médula. Y en un lugar así, la rutina es la mejor máscara.
La llamada “sala limpia” no estaba señalizada; se la reconoce por lo que no muestra. Un galpón sin logos, puertas equipadas con lectores de tarjeta, un sistema de ventilación cuyo sonido se parece más al susurro de una biblioteca que al de una fábrica. El silencio era un personaje más, tenso, afilado. Me acerqué al vidrio esmerilado. La piel del brazo se me erizó sin mi permiso, como si reconociera el lugar antes que yo. Del otro lado, los zumbidos no eran eléctricos; eran zumbidos de servidores satisfechos, de máquinas trabajando con un orden que a veces se siente más h