63. El puerto seco

El puerto seco era un intestino interminable de contenedores grises, camiones en reposo y perros flacos que entendían mejor que nadie dónde se escondían las sombras. El aire tenía un sabor metálico, como si cada estructura exhalara óxido. Caminamos con paso de empleados cansados, esos a los que nadie mira dos veces porque parecen tener una rutina inscrita en la médula. Y en un lugar así, la rutina es la mejor máscara.

La llamada “sala limpia” no estaba señalizada; se la reconoce por lo que no m
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