58. La grieta y el agua
Volvimos al pueblo por la ruta vieja, esa que huele a polvo húmedo y a historias que nadie documenta. El aire entraba por las ventanas bajas del carro y nos daba en la cara como un recordatorio de que todavía podíamos sentir algo que no fuera tensión. En el puente, el canal iba turbio por las lluvias de los últimos días; el agua golpeaba las piedras con una fuerza paciente, como si llevara años ensayando ese sonido.
Me senté en la baranda, dejando que mis piernas colgaran sobre el vacío leve del cauce. Fran se paró detrás de mí, tan cerca que su sombra se encajó con la mía como si hubieran nacido juntas. Esa exactitud suya siempre me desarma.
—¿Y si esto no alcanza? —pregunté. La voz me salió más baja de lo que planeaba.
—¿Para qué? —respondió sin apuro.
—Para que nos dejen vivir en paz.
Fran soltó una risa que no llegó a ser risa, apenas un soplo caliente contra mi nuca.
—Nadie te deja la paz, Mile. La paz se arma. —Puso su mano detrás de mi cabeza, firme—. Y si se rompe, la volvemos