59. Una verdad que no cabe en la boca
Nunca había visto tanta gente quieta y, al mismo tiempo, tan despierta. La capital suele respirar apurada, como un animal grande que siempre llega tarde a algún lugar; pero esa tarde respiró distinto, conteniendo el aire como si estuviera a punto de pronunciar un nombre prohibido. Las veredas estaban llenas y las escalinatas de Tribunales parecían un anfiteatro improvisado. Había personas que no sabían exactamente qué estaba pasando, pero igual se quedaban. Algo les decía que quedarse era importante.
Vera montó un pequeño puesto de prensa con micrófonos que sostuvo con cinta, cables prestados y fe suficiente como para reemplazar cualquier falta de permiso técnico. A su alrededor se reunieron periodistas con credenciales de medios que desconocíamos, y también otros que parecían recién llegado de barrios donde la noticia no se cuenta: se murmura. Los vi ajustar lentes, abrir cuadernos, preparar transmisiones. La sensación era la misma en todos: esto era histórico, aunque todavía no sabí