59. Una verdad que no cabe en la boca
Nunca había visto tanta gente quieta y, al mismo tiempo, tan despierta. La capital suele respirar apurada, como un animal grande que siempre llega tarde a algún lugar; pero esa tarde respiró distinto, conteniendo el aire como si estuviera a punto de pronunciar un nombre prohibido. Las veredas estaban llenas y las escalinatas de Tribunales parecían un anfiteatro improvisado. Había personas que no sabían exactamente qué estaba pasando, pero igual se quedaban. Algo les decía que quedarse era impor