57. La cara detrás del vidrio
Volvimos a la capital como quien vuelve a una cicatriz: sabés dónde duele, pero igual metés el dedo. El abogado del fideicomiso “Luz Norte” había convocado a una conferencia en un auditorio nuevo, todo de vidrio y acero, con ese brillo caro que intenta ocultar la podredumbre. En la entrada olía a café importado y a neutralidad fingida; los asistentes llevaban trajes que parecían planchados con leyes, y relojes que marcaban una hora distinta a la del resto del país.
Nos deslizamos entre ellos vestidos de nadie, de esos que no figuran en ninguna lista. Fran caminaba a mi lado como si conociera cada ruta de escape; Vera, un poco atrás, ajustaba la cámara pequeña que usaba para transmitir sin que se notara. El maestro se había quedado fuera, vigilando desde una cafetería. “La capital es un laberinto que se respira mal”, nos dijo antes de bajarnos del bus.
El auditorio tenía paredes transparentes que dejaban ver la ciudad desde ángulos perfectos, como si todo ahí adentro estuviera diseñado