56. La plaza que respira

Hicimos algo que HLK no había previsto en ninguno de sus diagramas fríos, de esos que trazan como si la gente fuera coordenadas: aparecer. Dar la cara. Poner el cuerpo. Y hacerlo donde menos lo esperarían: a plena luz de la tarde, en la plaza central del pueblo, ese lugar donde todos creen que nada pasa y, sin embargo, todo puede empezar.

Vera improvisó un set con su trípode torcido, apoyado contra un cantero, y su celular sujeto con cinta como si fuera una vida aferrada. Su pulso, increíblemente firme, desmentía las horas de miedo que llevaba encima. Lara se paró a mi lado, la barbilla alta, el saco claro moviéndose apenas con el viento. Su sombra se proyectaba larga sobre las baldosas, como si también quisiera declarar algo. Yo sentí el corazón en la garganta, pero en mis piernas había una seguridad nueva: la de quien ya no corre, sino que se planta.

Fran quedó detrás de nosotras. No como escolta violenta, sino como una muralla blanda, cálida, que no necesita levantar la voz para de
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